Derecho a Pataleo

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Manifestarse, un derecho reflejado en la mayoría de las constituciones de los países occidentales, incluida en la declaración sobre los derechos humanos en su artículo número 20, ya la constitución francesa de 1791 reconocía el derecho de reunión en su forma estática o manifestación en su forma más dinámica. Siempre bajo un marco regulatorio, que  no tiene grandes variaciones entre países, que básicamente busca resguardar el orden público.

PROTESTA DEL "18A" CONTRA EL GOBIERNO DE CRISTINA FERN¡NDEZ

Explicación cortita y al pie (jerga futbolera) del derecho a quejarse y patalear contra los políticos, pero, ¿sirven para algo? ¿Generan una respuesta positiva en quiénes son blanco de las protestas? La primera impresión es que no, que son contadas las ocasiones en que se han logrado los objetivos.

Miremos a los griegos, la Troika tiene de rehén al gobierno y le impone sus políticas recesivas, obligándolo a hacer recortes, despidiendo funcionarios, privatizando hasta a la abuela, bajando sueldos, subiendo y hasta inventado impuestos nuevos, dicho panorama indefectiblemente sacó a los helenos a las calles y desde que estalló la crisis en Europa han hecho un sinfín de manifestaciones, huelgas, han rodeado al Congreso, ha habido marchas pacíficas y otras muy violentas, la gente se ha quemado a lo bonzo. Semejante panorama haría mover los cimientos, al menos los emocionales, de cualquier persona y buscaría frenar tanta locura, aclaro que puse persona y no político. Está más que visto y probado que quienes están de puertas adentro, no escuchan o no quieren escuchar.

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En tierras ibéricas hay más de lo mismo. Movimientos de todo tipo y color se mueven, manifiestan, hacen ruido, hasta aplican métodos como el escrache (por fin algo que exportamos los argentinos). Ha habido casos, en que antes de ser desalojados de sus viviendas,  la gente se ha suicidado y los políticos ensayaron una tibia respuesta para frenar este drama. Todavía estamos esperando alguna modificación de la ley hipotecaria, aunque sea mínima.

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A destacar, solo en una ocasión, un político, Artur Mas, President de la Generalitat,  hizo como que escuchó el reclamo de la calle, fue en septiembre del año pasado, en la conmemoración de la Diada de Catalunya cuando se llevó a cabo una gran marcha en favor del independentismo, ahí si, cuando el grito popular juega a favor de los intereses del partido, el politisaurio se asomó al balcón y con los brazos extendidos cual mesías, abrazó la causa e instauró en España el debate sobre la independencia de Catalunya. Claro, que esa no fue la única manifestación, a diario se hace una y muchas de ellas por los mismos que en septiembre pedían independencia, pero como son contra las políticas de ajustes que hace el gobierno, la policía autonómica, los Mossos de Esquadra, tienen a bien de controlarla a palazo y pelotas de goma.

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Hace poco muy poco, en mi querida Argentina, miles de paisanos salieron a expresar su descontento por un ataque más que hace nuestra presidenta contra el estado de derecho ¿y ella que hizo? Se fue a hablar con los pajaritos a Venezuela. Como será que escuchó a su amado pueblo, que una semana después, los diputados aprobaron la llamada ¨democratización de la justicia¨, tema sobre el que hablé en la entrada anterior.

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Entonces vuelven a saltar la preguntas: ¿sirve de algo manifestarse? ¿En qué están pensando los gobernantes cuando observan las protestas ciudadanas? ¿Despertará en ellos alguna emoción, arrepentimiento, duda?

La expresión ciudadana de manifestarse debe permanecer viva, sobrevivir a cualquier intento de los politisaurios  de que sean vistas como un acto político. No nos dejemos engañar, la democracia no es solamente emitir un voto y quedarse calladito cuatro años.

Desde aquí les digo, si sirve manifestarse, para demostrar que no estamos aborregados, para movilizar a los apáticos,canalizar positivamente sus votos, para que el sillón de los políticos ya nos le parezca tan cómodo sabiendo que el pueblo los está poniendo en evidencia.

En algún lado leí que ¨manifestarse es una condición necesaria mas no suficiente para provocar un cambio político¨

Ese cambio, tiene que ser un proceso, que tal vez, al estar acostumbrados a la inmediatez de hoy en día, esperamos que suceda de la noche a la mañana, no, como dije es un proceso, lleva tiempo crear las redes y el compromiso social generalizado.

Lo dijo Gandhi: ¨Nuestra recompensa está en el esfuerzo, no en el resultado, un esfuerzo total es una victoria completa¨

Lo ha dicho el Bicho.

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¿Por qué estamos como estamos?

Desde hace tiempo que tengo una pregunta rondando por la cabeza. Pregunta que apunta a entender las causas por las que un país, reconocido p0r propios y extraños, con un potencial brutal, se empecina en marchar a su autodestrucción. Las respuestas pueden ser muy variadas según a quien hayan votado, la edad que tenga o que tan largo en el trayecto en taxi.

Toda crisis es el preludio de un cambio, pero en el caso de mi país pareciera que la historia se repite una y otra vez, empecinándose en perpetuarnos en el error. Tal vez sea algo genético, una falla de fábrica del ser argentino, defectos que arrastramos generación tras generación, siempre aspirando a ser y no lográndolo nunca.

En un intento de buscar una explicación, me encuentro con un texto que creo que apunta en la dirección correcta, acá es donde quiero dejarle lugar a una palabra autorizada, por conocimientos de historia y por capacidad de análisis, quiero transcribirles, no sin antes agradecer a Rogelio Alaniz el autorizarme hacer un copy + paste a su página.

¿Cuándo se jodió la Argentina? – Rogelio Alaniz

Una empecinada y viscosa sensación de fracaso, una sospecha cada vez más fundada de que somos una nación que marcha a la deriva, una certeza de que podríamos haber sido un país mucho más justo y más libre si las pésimas opciones políticas, las alienaciones ideológicas, la obsesión casi enfermiza de ir a contramano del mundo no se hubieran impuesto con la consistencia de un sentido común regresivo, anacrónico y sentimental en el peor sentido de la palabra. Todo eso y mucho más nos ocurre cuando pensamos en la Argentina.

“¿En qué momento se jodió Perú?”, se pregunta el personaje de “Conversación en la catedral”, por lejos la mejor obra escrita por ese gran novelista que es Mario Vargas Llosa. La pregunta que nos deberíamos hacer admite una ligera variación; ¿Por qué se jodió la Argentina? Fuimos grandes, tuvimos todo a mano para ser una nación próspera y justa e hicimos y hacemos todo lo posible para seguir precipitándonos en el fracaso, hundiéndonos impávidos en el más desolador tiempo del desprecio.

¿En qué nos equivocamos? ¿Qué hicimos mal? ¿Una burguesía parasitaria, rentística, desentendida de sus responsabilidades? ¿Un movimiento obrero corrompido, burocrático, decidido a practicar la consigna del sálvese quien pueda? ¿Intelectuales alienados, incapaces de pensar al país en serio? ¿Jóvenes irresponsables, decididos a arrojarse en el charco de la ignorancia con la mejor de las sonrisas? ¿Sacerdotes alejados de la verdad del Evangelio? ¿Periodistas tramposos y corruptos? ¿Políticos venales que conciben al Estado como un botín?

Cualquiera de estas imputaciones pude refutarse con buenos argumentos, cualquiera de estas imputaciones puede ser injusta o incompleta, pero también cualquiera de estas imputaciones en algún punto da en el clavo. Si todo estuviera sucio, si el fango fuera el único escenario visible, la situación sería grave pero al menos estaríamos en condiciones de elaborar un diagnóstico preciso acerca de nuestra decadencia. Lo curioso es que en la Argentina los trazos gruesos de la decadencia, los huellones del fracaso están matizados. Todo anda mal pero existe la vaga sensación de que con un mínimo esfuerzo, con un toque de lucidez y coraje todo podría empezar a andar bien. ¿Ilusión o trampa?

La Argentina no es solamente un país pobre, un país injusto; es, sobre todas las cosas, un país fracasado. Si alguna vez el desarrollo fue nuestro horizonte, hoy la deplorable realidad nos dice que somos un país “desdesarrollado”, es decir un país que retrocede, que ha despilfarrado sus dones y sus dotes. La imagen que mejor nos representa es la de aquel patricio que alguna vez fue inteligente, rico y virtuoso, en tanto que sus hijos y sus nietos son exactamente lo contrario. La leyenda cuenta que en Pavón el padre de Julio Roca retornó al campo de batalla para sacar a su hijo empecinando en seguir disparando con su cañón a pesar de que la batalla estaba perdida. Cuarenta años después aquel jovencito -que ya había sido presidente de los argentinos- ingresará una noche al Club Social para sacar a su hijo de la oreja, no porque se estuviera jugando la vida o el honor, sino porque se estaba jugando el campo en una mesa de póker.

Ni San Martín ni Belgrano, Isidorito Cañones. Como él hemos aprendido a gastarnos las herencias de los abuelos, los tíos y los padres; a vender las joyas de la abuela, con la casa, el piano y la guitarra. Y a consumirnos el capital de nuestros hijos. Arribismo e irresponsabilidad es lo que hemos aprendido. Y ese estilo instalado como un vicio o como un destino de vivir en un eterno presente, de vivir con la certeza de que una cosecha, un ciclo económico, algún azar del planeta nos va a resolver los problemas. En los últimos años hemos demostrado ser unos maestros en el arte de perder oportunidades, despilfarrarlas miserablemente encogiéndonos de hombros y con una sonrisa canalla.

Los Kirchner y el kirchnerismo no son los responsables de los males que como magos o prestidigitadores hemos sabido inventar. Al menos no son los únicos. Pero los Kirchner y el kirchnerismo en los últimos diez años han acentuado todas las tendencias a la decadencia y el fracaso. Y lo más grave es que lo han hecho invocando grandes causas, agitando banderas justas, reivindicando consigas redentoras. Menem y el menemismo fueron una calamidad para la Argentina, pero a esa calamidad nunca se le ocurrió disfrazar su cinismo y su voracidad por las riquezas con los atuendos de las causas nobles.

La Argentina anda mal, marcha sin rumbo y todos los días se enreda con un problema nuevo. Una diplomacia que negocia lo innegociable con nuestros verdugos y luego su canciller posa de intransigente sabiendo que sus palabras son tan inservibles como lo será en el futuro su gestión para el tribunal de la historia. Un gobierno que acusa a los diarios de mentirosos cuando desde el poder practica las mentiras más descaradas e insolentes. Un gobierno que decepciona hasta en lo que se propone; un gobierno que no disimula su vocación autoritaria y en algunos puntos fascista.

Los incalificables insultos a Kicillof, la justa silbatina a Boudou, son datos menores al lado de las declaraciones del señor Orlando Barone afirmando que en este país los que no están de acuerdo con el gobierno deben irse, y también deben irse los neutrales y los indiferentes. Barone puede ser inimputable, un decadente ventajero político, un despreciable arlequín y saltimbanqui, pero hasta tanto nadie lo desmienta es un vocero del oficialismo, como lo son Boudou, Diana Conti, Aníbal Fernández y, por qué no, el señor Zaffaroni. Barone apoya al oficialismo por sus supuestos compromisos con el pueblo, pero sus argumentos están construidos con el estiércol de la dictadura militar. Las amenazas de expulsar a los opositores y a los neutrales no las inventó él, pertenecen al acervo ideológico de Ibérico Saint Jean, el general que dijo exactamente lo mismo que ahora repite Barone muy suelto de cuerpo.

¿Cuándo se jodió la Argentina? ¿Por qué se jodió la Argentina? ¿Quiénes jodieron a la Argentina? Buenas preguntas para hacerse, sobre todo cuando la certeza de que estamos jodidos es una de las escasas seguridades compartidas. No viene al caso extraviarnos en los laberintos de la historia o en el espeso universo de las estadísticas. El presente nos alcanza y sobra para pensar aquello que Le Pera expresó con palabras premonitorias: la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Yo no diría que en la Argentina todo anda mal, pero sí diría que anda mal todo aquello que para una nación debería ser lo más importante. Y algo más grave. Lo poco que anda bien -el campo por ejemplo-, el gobierno se preocupa por boicotearlo y confiscarle recursos. Al respecto, que nadie se llame a engaño. Algo anda mal en un país cuando un gobierno se ocupa en atacar a los segmentos más modernos de su economía, mientras abre una avenida ancha y generosa para que las burguesías lúmpenes, los arribistas y mafiosos hagan excelentes negocios, se enriquezcan sin pagar impuestos, eludiendo responsabilidades legales y alentando las prácticas económicas de un capitalismo salvaje en el sentido más justo de la palabra, porque acumula las riquezas explotando mano de obra esclava y semiesclava. Hay que decirlo con todas las palabras: la única actividad económica, el único modelo de explotación y desarrollo que el kirchnerismo logró consolidar y ampliar en la Argentina, se llama La Salada. Ése es su horizonte económico, su ética del trabajo y su concepción práctica acerca de lo que concibe como modelo nacional y popular.

El balance, en este sentido, no puede ser más lamentable. Miremos a nuestros vecinos y la única emoción que se despierta son las ganas de llorar. Hoy el ingreso per cápita de Argentina está por debajo del de Chile y Uruguay. Brasil nos ha sacado tanta ventaja que ya nos hemos resignado a ser su satélite. Es que los Kirchner no han eliminado la pobreza; por el contrario, la han consolidado, ampliado e institucionalizado. El país está partido en dos, y unos y otros están conformes con ese destino. Los circuitos que alentaban la movilidad social de otros tiempos se han roto o se han obstruido. Lo que hay es un ancho y árido territorio de miseria y pobreza, una desolada tierra baldía asistida por traficantes interesados en que todo siga así porque esta realidad los beneficia.

Y sin embargo, alguna vez, la Argentina aspiró a ser un país de clase media. Fue su mejor momento. Evocar aquellos años es descorazonador y doloroso, el dolor, la desazón y la mustia melancolía del viejo calavera o la antigua madama que se miran al espejo y descubren en el rostro las marcas, las cicatrices, las huellas y las arrugas de los desengaños, los fracasos y las esperanzas perdidas.

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Se puede estar a favor o en contra, no deja de ser una opinión, huelga decir que la comparto 100%, sobre todo porque descubre nuestros errores. Digo nuestros, no sólo de los políticos, debemos ejercitar la autocrítica, algo que los argentinos tenemos genéticamente atrofiado, debe ser ejercitada individualmente y en forma constante lo que nos llevará a mejorar colectivamente. Demás está decir, que si esa autocrítica viene de quienes detentan el poder (nota mental: me cuesta encontrar casos donde un político reconozca sus errores) llevaría en su inercia a que todos podamos ver, analizar y concientizarnos de nuestras falencias.

Visto así, parece que hay 40 millones que necesitan mucho diván.